Chris McKinstry, hackear a Dios.

McKinstry

Fuente:Reportaje de  la Mitica ZONA  de CONTACTO (mayo del 2008). Como respaldo a la poca documentación en español.

Hace poco, buscando entre las arañas de mi habitacion, un paper que necesitaba, me encontre con unos documentos que Chris McKinstry, no me acordaba de este tipo, lo conoci en una libreria del Parque Forestal, vivia cerca, leia en un banquillo del parque, en ese tiempo trabaja en informatica, pero su curriculum distaba mas de un SuperGenio que de un técnico de soporte (papel que practicaba en ese entonces). me trajo gratos recuerdo encontrar los documentos, su particular vision acerca de Dios, Religion, Humanidad y Técnologia.. era un verdadero genio, a veces la genialidad raya en la locura, Chris sobrepaso aquella linea imaginaria, y ya no esta con nosotros de seguro, el le esta bloqueando el puerto 25 a Dios.

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Uno de los últimos descubrimientos de Christopher McKinstry,científico canadiense y autoridad mundial en Inteligencia Artificial, fue que a los niños en Halloween también se les podía regalar sushi en lugar de golosinas. Una postal feliz del último año de vida de Chris lo refleja junto a su polola Diana y su más cercano círculo de amigos celebrando la noche de brujas en el espacioso departamento de Merced 250 frente al Parque Forestal. Ella llevaba su mejor vestido negro y “el calzado más sofisticado que ha diseñado Prada”, bromeaba Chris refiriéndose a sus pies descalzos.

Cuando Drácula, Frankenstein y una pequeña sirenita tocaron el timbre exigiendo dulce o travesura, Chris en su tarzanesco español les explicó que no tenía caramelos pero si rolls. Chris bautizó esa noche como The first sushi Hallowen. Y fue todo un éxito. Tanto, que los papás de Drácula, Frankenstein y la sirenita dijeron que el próximo año ellos vendrían disfrazados para comer sushi.

El anfitrión fue encontrado el 25 de enero de este año, en ese mismo departamento con una bolsa plástica envuelta en la cabeza. Esa vez su único hipervínculo con el mundo era una manguera conectada a la tubería del gas.

Las últimas horas de vida de Chris son un misterio para sus más cercanos. Los que lo llamaron infructuosamente a su celular apagado cuando leyeron la carta suicida posteada en su blog (el que no se encuentra disponible) los que trataron de ubicarlo en el nuevo departamento que compartía con Diana, pero ella no sabía de él desde el viernes en que discutieron violentamente. El resto es lo que apareció en el noticiario y en la crónica roja que informaba sobre el excéntrico científico suicida del barrio Lastarria. Vivió conectado a las redes desde niño, ya de adulto -enamorado y deseoso de tener hijos- terminó sus días triste, solitario y final con un macabro epílogo escrito por él mismo.

¿Qué lleva a un exitoso científico que aún no toca la cima de su genialidad a acabar con su vida? Navegando en Amazon se puede asistir al coqueteo que tiene con el suicidio desde el año 2003. “The Harvard Medical School Guide to Suicide”, “Treating Suicidal Behavior: An Effective, Time-Limited Approach”, “Comprehensive Textbook of Suicidology” son sus lecturas deseadas entre una antología bilingüe de Pablo Neruda y la primera temporada de Star Trek en DVD.

Mindpedia

En su nota suicida recuerda que desde pequeño convivió con ideas sobre autoeliminarse e incluso a los 23 años en 1990 fue detenido en Canadá por comprar un revólver con ese fin. Once años más tarde, en plena cumbre mundial de Hackers en las Torres Gemelas -meses antes del 11/S- expuso a sus pupilos que el hackeo venía de vuelta hace tiempo y que sus planes hoy eran hackearle el PC a Dios.

Chris tenía un tatuaje en la mano izquierda que reunía el código binario y el símbolo griego de la psique, un símbolo de su aspiración a ambos mundos integrados. Tocaba el bajo y era fanático de los Kinks y Joy Division. Apenas hablaba español, pero dominaba todos los lenguajes informáticos existentes, incluso el Assambler y el Basic que son el esperanto de la jerga tecnofílica. Pero “El Gringo” era muchísimo más que un colorín alto y huesudo enfundado en cuero, cinturones gruesos y botas de serpiente. Chris quería encerrar el conocimiento universal en una máquina que diera los buenos días y preguntara con genuino interés “¿Cómo estás?”.

Su proyecto se llamaba Mindpixely contemplaba la recolección, a través de voluntarios en internet, de un “corpus” o base de datos de conocimiento. Para esto, cada persona ingresaba una frase cualquiera como “el agua es liquida” o “los objetos flotan” al sistema. Luego se le presentaba al usuario otras 20 frases que debía responder de forma binaria, si o no. De esta manera Mindpixel iba aprendiendo como un niño. Cada frase respondida tenía un peso o índice de verdad. El objetivo de este proyecto era recolectar suficientes unidades o mindpixels como para ser posteriormente utilizados como base de conocimiento para la generación de un ente artificialmente inteligente. En teoría, almacenaría en 10 años el conocimiento total. En su momento los de Google dijeron que ellos podrían hacer lo mismo,pero en 300 años.

En conjunto con Marvin Minsky,el más prestigioso investigador en IA del mundo (y colaborador de Kubrick en 2001 Odisea del espacio), Mindpixel salió de las aulas universitarias. Claro que al poco tiempo Minsky replicaría el trabajo de Chris con la ayuda del MIT, bautizándolo “OpenMind”.

iCaro

Tras la tragedia pocos se detuvieron en la figura del pequeño que a los 12 años programaba juegos de ajedrez en casetes para Radioshack en los mismos PC de la tienda y los vendía por un puñado de centavos. Hijo de una madre soltera, desde que nació en 1965 vivió con lo puesto. De adolescente no podía costearse el lujo de un computador de la época. Pero ya a los 19 años era popular por haber inventado un sistema anticopia para discos floppy y trabajaba en “Lithin Systems” una corporación militar donde se programaban sistemas guías para misiles crucero y reactores nucleares en Toronto. Ahí impartía clases a militares sobre seguridad informática.

Cuando internet era una teoría fantasiosa digna de películas como Juegos de Guerra,Chris jugaba con las redes telefónicas y hackeaba todo lo que empezara con 0 y 1. Pronto Canadá se le hizo chico y se pasó al bando contrario para detener el hacking. Organizó “Hackers meetings” como las llamaba él y se convirtió en una leyenda mundial dentro del ambiente.

La navidad de 1991 se anticipó a la salida de los primeros computadores con CD Rom y vendió 50 mil CD con juegos a la revista PC Magazineamasando 2 millones de dólares en un par de semanas. Como recuerdo guardó su primer ordenador para cuando tuviese un hijo y así poder enseñarle desde lo básico, tal como aprendió él a comunicarse con las máquinas. A finales del 99 nació el pequeño Kilian. Chris y Jessica se habían casado en abril de ese mismo año después de 5 años de convivencia. Con ella viajó a Chile y se radicó en Antofagasta. Pero se separaron abruptamente y Kilian partió a Inglaterra en el primero de una serie de golpes que irían poco a poco mellando el espíritu de Chris.

Había emigrado hasta acá en busca del tiempo para escribir su libro “Hacking Consciousness?”.La biblia para entender el proyecto Mindpixel. Compartía amistosamente su tiempo y conocimientos con los iniciados en el tema tecnológico, a quienes reveló el “Why Chile?”. Según algunos de sus amigos hackers (que pidieron no ser nombrados en este reportaje), Chris estaba extasiado con la idea de echar raíces en un país parado en el penúltimo peldaño del desarrollo. Sentía que aquí a diferencia de otros países se estaba construyendo toda una infraestructura y cultura base, sin un legado que soportar ni viejas universidades que acaparasen la investigación.

Buscando esa tranquilidad llegó hasta el observatorio Paranal en pleno desierto de Atacama. “Cuando has trabajado con computadoras por 20 años puedes trabajar en cualquier lugar que quieras, puedes llegar a Cerro Paranal y decir “Hola, ¿dónde esta mi escritorio?”, decía a sus fans. Así que no le costó mucho llegar a trabajar en el más complejo sistema tecnológico del observatorio. Específicamente manipulando la red de 600 computadores que controlan el telescopio con una sola persona en la línea de comando.

Durante largas horas de silencio y oscuridad, Chris se dedicó a conversar con sus colegas sobre cine, sus experiencias con LSD y Skank. Estaba aislado del resto del mundo y con una compleja labor que él relativizaba diciendo: “Mi pega consiste en hacer un click al mouse cada 4 horas, el resto del tiempo lo ocupo para leer o navegar en internet”, con arrogante humildad.

Reality Bits

A veces aplaudido, otras ignorado, Chris era un outsider de la comunidad científica. Sus papers tardaban años en publicarse y si bien eso le daba total libertad para continuar sus proyectos desde Canadá a Chile y de Chile a Canadá, también le afectaba.

Pero lo que nunca pudo superar fue vivir separado de su hijo Kilian. “Estaba súper enamorado de su hijo, tenía su foto en el PC en Paranal y llegó un momento en que se separó y empezó a ponerse triste. Le destrozó el corazón y nunca se recuperó”, cuenta uno de los asistentes a la misa por el descanso de su alma. Un día decidió dejar su trabajo en el telescopio porque según él estaba perdiendo el tiempo para realizar los proyectos que de verdad le interesaban.

 

Ya en Antofagasta había hecho clases particulares de inglés y lo volvería a hacer en Santiago. Así conoció a la diseñadora Diana Messina, de la cual se enamoró y comenzó a pensar en la posibilidad de armar una familia en Chile.

Al tiempo comenzaría a trabajar en una productora de comerciales de TV. Allí ocupaba la oficina del altillo, una habitación blanca atiborrada de libros con todas sus páginas cubiertas de anotaciones. Lo llamaban “God” por su impresionante currículum y la omnisciente ubicación que ocupaba en el edificio. Sin embargo, a diario su mayor desafío era reiniciar PC’s o arreglar una presentación en Powerpoint. La foto del pequeño Kilian en el monitor era un analgésico que le recordaba todo lo que no tenía.

De pronto se enteraron de las peleas con su pareja. Él quería un hijo sobre todas las cosas. Se le vio muy animado la última semana cuando un médico le había contado que tenía posibilidades de engendrar con su polola pese a la esclerosis múltiple que la aquejaba. Sus cercanos le pedían que consultara una segunda opinión. Pero el se negaba a la posibilidad. Las discusiones fueron mermando la relación y se separaron cinco meses después de conocerse.

Según cuenta uno de sus amigos antofagastinos, la gota que rebalsó el vaso fue una pluma Mont Blanc. Un costoso obsequio que él no le había hecho a su mujer y que arrojó a la calle durante la más fuerte discusión que tuvo con su novia. “Este comercial universo Luis Vuitton, Parada, Mont Blanc no es para mí. Si tan solo me hubiesen amado tanto como a una pluma Mont Blanc…”, anotó después en su bitácora virtual. Estaba seguro que lo engañaban.

La prensay testigos dijeron que los celos derivaron en violencia. Según una de las amigas de Diana, el científico la tenía prácticamente secuestrada durante el tiempo que vivieron juntos. Y la fue a buscar para agredirla el día antes de su final. Un fiscal investiga al respecto. Pero quienes lo conocieron sostienen que a pesar de tener un carácter que oscilaba entre la euforia y la frustración, el “Gringo”, siempre fue un tipo de trato cortés que no mataría una mosca.

El último día de trabajo en la productora lo vieron malhumorado, contestaba mails con monosílabos y únicamente levantaba las cejas a modo de saludo. Casi como un autómata le dijo a un compañero de trabajo que todo estaba mal, luego desapareció todo el fin de semana.

Desde el formidable departamento de Merced 250, entonces puesto a la venta, repasó su last sushi Hallowen, recordó la primera canción del disco de Leo Quinteros que le habían prestado y que no alcanzaría a devolver y repasó citas como “El suicidio es la forma de decirle a Dios “Tu no puedes despedirme, ¡yo renuncio!” que había posteado en su blog. Después garrapateó algunos dibujos bajo los efectos de sedantes y desde el Apple Book le respondió el frenético comment a uno de sus grandes amigos en Antofagasta que leyó su carta suicida y le pedía llamar al 131 (el número del Servicio de Atención Primaria de Urgencias, SAPU): “Too late”, tecleó Chris y se tendió en el piso flotante.